Por Lucero Lozano
Alfajayucan, Hidalgo., 21 de septiembre de 2025. En tiempos modernos, donde la autoadscripción indígena se ha convertido en una práctica común, no solo bajo criterios “objetivos” como la lengua, la residencia o los usos y costumbres, sino también a partir de la autoidentificación) preguntamos a la señora Cándida San Juan Gregoria qué significa para ella ser indígena.

Cándida nació en 1949, ayer celebró 76 años de vida. Es una orgullosa mujer hñähñu del municipio de Alfajayucan, donde creció en la conocida Segunda Manzana de Zundhó junto a sus diez hermanos, fruto del matrimonio entre Cenavia Gregoria, quien aún vive a sus 95 años, y el finado Luciano San Juan. Ella es la mayor de los hermanos y madre de cuatro hijos: Cristina, Juana, Benigno y Pedro.
Aunque solo cursó hasta segundo grado de primaria, sabe leer y escribir lo suficiente, y ello no le ha impedido sacar adelante a su familia ni retribuir a su comunidad. Señaló que hoy la mujer indígena goza de oportunidades que antes no existían, como presidir cargos en las delegaciones municipales, algo visible apenas en los últimos 20 años. Sin embargo, recordó que las mujeres siempre han contribuido en la historia de la nación. Ella misma prepara comida para los eventos comunitarios, además de participar con aportaciones económicas, en faenas o en lo que haga falta.
Sobre lo que significa ser indígena, explicó: “Uno es indígena porque conoce y lo hace, desde cocinar en las ollas de barro y a fogón, hasta hacer ropa como lo hacía mi mamá, que nos vestía con prendas de manta. También trabajar la lechuguilla, tejer el ayate y la palma, hacer tortillas desde el grano con metate, cultivar el campo y saber para qué sirven las hierbas que nos da la tierra. Eso es ser indígena”.
Durante treinta años fue madre soltera, y tras la muerte de su padre, hace 17 años, asumió como hermana mayor la responsabilidad del hogar. Para ella, los valores de protección y responsabilidad distinguen a un núcleo indígena: “A los 60 se supone que deberíamos descansar, pero debemos responder por la familia y la comunidad. Seguimos trabajando por los derechos que dejó mi papá, aunque todavía, a sus 95 años, mamá manda hasta que Dios decida”.
Doña Cándida es ejemplo de resiliencia y sabiduría práctica. Ha salido adelante vendiendo loza desde las cinco de la mañana, preparando tlacoyos, dobladas y tamales, y cultivando frijol, maíz, chile, alverjón, habas, garbanzo y lo que el campo ofrece. “No es solo cocinar por cocinar, hay que saber cómo se hace. Aquí en el campo los tlacoyos son grandes, de frijol quebrado, alverjón o migajas, y hay que batir bien los chiles guajillo”.
Comentó que nunca ha sido ofendida por ser indígena, aunque reconoce que a algunas personas no les agrada el término, incluso a sus hermanos. Ella, en cambio, decidió conservar y hablar su lengua materna. “Tengo 76 años y no me siento agüitada por nada. Sólo le pido a Dios la vida que me quiera dar. Soy muy devota, cada 12 de diciembre cumplimos nuestras promesas de escamada a la Virgen de Guadalupe”, concluyó.

















