Editorial por Kevin Hernández
Ixmiquilpan, Hidalgo, 11 de septiembre de 2026. El lunes 7 de septiembre, la procesión anual del Señor de Jalpan volvió a tomar las calles de Ixmiquilpan y provocó algo que no ocurría desde hace más de 50 años: la interrupción del tradicional tianguis de los lunes, incluso el comercio de animales y la vendimia de las llamadas “chantitas”.
Pero el comercio no se detuvo.
Los compradores buscaron otros espacios, los vendedores se reacomodaron y la ciudad continuó con su dinámica habitual. Quizá ahí encontramos una primera enseñanza de esta jornada: Ixmiquilpan puede modificar su rutina por unas horas, pero su actividad comercial siempre encuentra la manera de continuar.
Este año, el destino de la procesión fue San Nicolás, ubicado a unos cuatro kilómetros de la cabecera municipal. El recorrido volvió a convertirse en una muestra de creatividad y organización comunitaria.
Más de veinte comunidades colocaron tapetes de diferentes colores, materiales, formas y texturas. Cada uno representó horas de trabajo, planeación y esfuerzo colectivo, haciendo de esto algo verdaderamente extraordinario.
No son solamente los tapetes, es todo lo que hay detrás de ellos. Algunas comunidades comenzaron a trabajar desde las cuatro de la mañana. Familias enteras, jóvenes, adultos mayores y vecinos participaron en una tarea que, al final, apenas dura unos minutos cuando la procesión pasa sobre ellos. Todo un día de trabajo queda literalmente bajo los pies de los peregrinos.
San Nicolás, por su parte, recibió al Señor de Jalpan con una celebración a la altura de la ocasión, después de cuatro años sin que la imagen llegara a esta comunidad.
La comunidad también preparó un mural trazado por el artista Luis Estrella, con motivo de los 80 años de aquel episodio en que las imágenes religiosas salieron de Ixmiquilpan durante la Guerra Cristera, época marcada por las restricciones a las manifestaciones religiosas. A ello se sumó un arco monumental para recibir al Señor de Jalpan.
Todo estaba dispuesto, pero en una jornada con miles de personas, también surgieron momentos inesperados. Uno de ellos ocurrió cuando un adulto mayor, accidentalmente, pasó con su vehículo sobre parte del tapete elaborado por la comunidad de Cerritos.
De acuerdo con testimonios de algunos testigos, se habría solicitado una cantidad cercana a los 30 mil pesos por los daños ocasionados. La cifra generó molestia y abrió una discusión que vale la pena plantear más allá del enojo del momento:
¿Hasta dónde debe llegar la responsabilidad cuando se trata de un accidente involuntario ocurrido en medio de una multitud?
La propia persona involucrada habría reconocido que se trató de un accidente. Y aunque el trabajo de una comunidad merece respeto, también es necesario entender que una procesión de esta magnitud implica inevitablemente situaciones imprevistas.
Tal vez el episodio pudo resolverse con diálogo y comprensión de ambas partes, porque, al final, el valor de la celebración no está únicamente en lo material, sino en la capacidad de una comunidad para encontrarse, organizarse y mantener viva su tradición.
Y cuando parecía que nada más podría alterar la jornada, apareció la lluvia. Desde las cuatro de la tarde, el cielo comenzó a oscurecerse, pero la lluvia llegó de manera tranquila. Una llovizna ligera y constante acompañó la procesión sin convertirse en un obstáculo mayor. Incluso por momentos pareció formar parte del escenario, refrescando las calles y acompañando el colorido de los tapetes.
Y hubo algo todavía más revelador. La procesión no desapareció durante la pandemia. En conversación con Hortensia, vecina de Vista Hermosa, conocí que durante aquellos años el Señor de Jalpan continuó recorriendo las comunidades, aunque fuera de manera distinta y con las imágenes trasladadas en vehículos.
Eso demuestra la capacidad de adaptación de una tradición que difícilmente se extingue. Salvo circunstancias extraordinarias, como ocurrió durante la Guerra Cristera, Ixmiquilpan no parece dispuesto a quedarse sin su procesión.
Más allá de la religión, la celebración se ha convertido en un punto de encuentro comunitario que rebasa colores políticos, diferencias sociales y cualquier otra división. Es, sobre todo, una expresión de identidad.

















