Ixmiquilpan, Hidalgo, 14 de septiembre de 2026. La semana pasada se celebró una de las fiestas patronales más sobresalientes e interesantes de Ixmiquilpan.
Me refiero a la festividad de San Nicolás, y en particular a dos tradiciones profundamente arraigadas que reflejan gran hospitalidad y trabajo en equipo: la elaboración del atole, los tamales y el charape. ¿Qué otra comunidad hace algo así?
Sin duda, se respira un genuino orgullo de pertenecer a la comunidad de San Nicolás; al menos eso reflejaron todas las personas que tuve oportunidad de conocer.
Ocho familias fueron el pilar para la preparación del atole y los tamales. Uno pensaría que se hace en un solo día, pero la realidad es que buscan que cada detalle sea especial. Tostar, pelar y moler el cacao comienza con semanas de anticipación. No son ni diez ni veinte kilos: se aproxima a una tonelada, repartida entre esas familias.
Posteriormente, se suman comisiones y la ayuda de muchos más: vecinos de la propia comunidad e incluso de lugares como Panales, El Nith y El Durazno, que llegan atraídos por la tradición para colaborar en lo que se necesite. Se reunieron fácilmente más de mil litros en una sola casa.
En algún momento me pregunté por las condiciones de higiene, pues todo se hacía de manera artesanal y muchas personas participaban directamente. Sin embargo, la señora encargada del grupo le preocupaba algo más: que se cocinara con amor y buenos sentimientos.
“Si el señor de la casa hizo enojar a la cocinera, nomás no queda el atole”, fueron las palabras de la señora Arnolfa Lora Corona, mientras sostenía su pala de madera, siendo ella la elegida por las familias para prepararlo.
Personas iban y venían: unas esperando su turno para relevar a otras, pasando los botes de agua, moliendo el cacao a puro metate, preparando alimentos para quienes trabajaban, y otros tantos grabando y tomando fotografías.
Lo más destacable es que no se trató de un evento privado, ni político, no hubo acarreados ni fue motivado por emergencia o desastre: circunstancias que suelen obligar a mucha gente a colaborar. En San Nicolás sobra la iniciativa y el orgullo de vivir tradiciones.
Simplemente, una fiesta donde todos se suman aportando algo para compartir el atole, el charape y mantener viva la tradición.
“Desde que tengo uso de razón esto ya existía”, afirmo Antonio García Beltrán, un adulto mayor que comentó haber llegado a las dos de la mañana y solo regresó brevemente a casa para alimentar a sus borregas y regresar, añadió que estaría hasta la entrega del atole.
Algo importante para personas ajenas a la tradicion, todo este trabajo se desarrolla toda una noche hasta al día siguiente , para culminar con el momento esperado: la repartición del atole.
Una bebida exquisita, con un aroma intenso a cacao, de sabor a medio camino entre lo ligero y lo dulce, preparado con
esmero que se nota en cada sorbo.
Frente a muchas tradiciones que hoy se teme que se pierdan, aquí ocurre lo contrario: la elaboración y reparto del atole, los tamales y el charape no muestra señales de desaparecer; al contrario, ha cobrado mayor fuerza en las últimas décadas.
Este 2026 se vivió exactamente así. Y aunque la fiesta apenas concluyó, créanme que ya hay familias haciendo planes para el próximo año.

















